jueves, 27 de enero de 2005
No pases por debajo de una escalera
Pertenece a la sabiduría popular, la vox populi, el hecho de que al pasar por debajo de una escalera se empieza a tener mala suerte. Hasta cuando dure esta, no está determinado. Nada de exactitudes como si rompieses un espejo y te cayesen siete años de mal fario. ¡Y funciona!, la gente se abstiene de pasar por debajo de las escaleras, o al menos se lo cuestiona antes de hacerlo.
Reconozco que hace tiempo pensé en esta cuestión como objeto de estudio. La situación experimental sería sencilla: se pone una escalera en cualquier lugar muy transitado y una cámara para grabar el comportamiento de la gente. Me pareció brillante y efectivo. Po descontado, mucho más interesante que los experimentos sobre superstición condicionada en la paloma del inefable B.F. Skinner. Claro que tampoco tardé en darme cuenta que mi planteo estaba lejos de la elegancia metodológica, y más aún de la ética. Y que, si se salvaban estos dos escollos, probablemente la fiabilidad y viabilidad de la experiencia desaparecían. ¡Qué difícil es la ciencia!
Este es Skinner, el de verdad, no el de los Simpson o Expediente X. Pobrecito, no le tiren piedras, hizo lo que pudo y tampoco se le puede reprochar que tuviera malas intenciones.
Desde que tuve esta idea peregrina, concretamente esta y ninguna otra de las miles de ideas peregrinas que he tenido, siempre que veo una escalera desafío al fantasma de la mala suerte y paso por debajo. Quizá por eso no acabo de asentarme en lo laboral, ¿quién sabe? Pero lo cierto es que cada vez que lo hago, el pasar por debajo de una escalera, pienso en todo el tema este de la mala suerte. Muchos me lo dicen, da mala suerte pasar por debajo de una escalera, ¿y qué?, ¡que digan lo que les de la gana!. Tras esta reflexión cojo y paso, ¡con dos cojones!
He aquí a nuestra protagonista de hoy
Ayer, en uno de esos maravillosos lugares de encuentro, y me refiero a un bar, no a un foro de Internet, me encontré con alguien a quién le pasa lo mismo que a mí con las escaleras. ¡Qué ilusión hace no ser el único!, sobre todo cuando no ser el único tampoco implica convertirse en una mancha dentro de una manada de borregos. Hablamos apasionadamente de ello durante un rato. Vaya si hablamos. Y nos reimos. Bromeamos incluso sobre que las escaleras existen para que a la gente le vaya mal en la vida. ¡Joder!, ¡qué divertido!.
Luego pedimos una copa más, y otra, por favor. Con la nueva copa recién llegada, puestos en la actitud y talante correspondiente a estas situaciones, brindamos. Y, ahora sí, al brindar nos miramos todos a los ojos. Alguien nos dijo que si no miras a los ojos de las personas con las que brindas te vendrán siete años de mal sexo. Otra vez los dichosos SIETE años. Pero todos cumplimos el ritual. Está claro que te puedes arriesgar a que la vida laboral siga tal cual, a fin de cuentas es lo que hay, pero que tanto tiempo de mal sexo es la peor de las maldiciones, el más hórrido daño colateral, la más espeluznante tortura... ¡como para correr riesgos!
Reconozco que hace tiempo pensé en esta cuestión como objeto de estudio. La situación experimental sería sencilla: se pone una escalera en cualquier lugar muy transitado y una cámara para grabar el comportamiento de la gente. Me pareció brillante y efectivo. Po descontado, mucho más interesante que los experimentos sobre superstición condicionada en la paloma del inefable B.F. Skinner. Claro que tampoco tardé en darme cuenta que mi planteo estaba lejos de la elegancia metodológica, y más aún de la ética. Y que, si se salvaban estos dos escollos, probablemente la fiabilidad y viabilidad de la experiencia desaparecían. ¡Qué difícil es la ciencia!

Este es Skinner, el de verdad, no el de los Simpson o Expediente X. Pobrecito, no le tiren piedras, hizo lo que pudo y tampoco se le puede reprochar que tuviera malas intenciones.
Desde que tuve esta idea peregrina, concretamente esta y ninguna otra de las miles de ideas peregrinas que he tenido, siempre que veo una escalera desafío al fantasma de la mala suerte y paso por debajo. Quizá por eso no acabo de asentarme en lo laboral, ¿quién sabe? Pero lo cierto es que cada vez que lo hago, el pasar por debajo de una escalera, pienso en todo el tema este de la mala suerte. Muchos me lo dicen, da mala suerte pasar por debajo de una escalera, ¿y qué?, ¡que digan lo que les de la gana!. Tras esta reflexión cojo y paso, ¡con dos cojones!

He aquí a nuestra protagonista de hoy
Ayer, en uno de esos maravillosos lugares de encuentro, y me refiero a un bar, no a un foro de Internet, me encontré con alguien a quién le pasa lo mismo que a mí con las escaleras. ¡Qué ilusión hace no ser el único!, sobre todo cuando no ser el único tampoco implica convertirse en una mancha dentro de una manada de borregos. Hablamos apasionadamente de ello durante un rato. Vaya si hablamos. Y nos reimos. Bromeamos incluso sobre que las escaleras existen para que a la gente le vaya mal en la vida. ¡Joder!, ¡qué divertido!.
Luego pedimos una copa más, y otra, por favor. Con la nueva copa recién llegada, puestos en la actitud y talante correspondiente a estas situaciones, brindamos. Y, ahora sí, al brindar nos miramos todos a los ojos. Alguien nos dijo que si no miras a los ojos de las personas con las que brindas te vendrán siete años de mal sexo. Otra vez los dichosos SIETE años. Pero todos cumplimos el ritual. Está claro que te puedes arriesgar a que la vida laboral siga tal cual, a fin de cuentas es lo que hay, pero que tanto tiempo de mal sexo es la peor de las maldiciones, el más hórrido daño colateral, la más espeluznante tortura... ¡como para correr riesgos!


