Siendo Quijote en el siglo XXI

miércoles, 26 de enero de 2005

Terror en el WC

El terror aparece cuando uno menos se lo espera. Se activan las paranoias (entendidas aquí como delirios persecutorios o de daño) y, presa de todo aquello que te aterra pero no está presente, el pánico toma el control de tu pensamiento y te cagas de miedo.

Bien, esto último, el cagarme de miedo, no fue un problema para mí el otro día, que de buenas a primeras me aterroricé yo mismo, pues me cogió defecando. De este modo no he sido capaz de determinar cuanto de mis abundantes depesociones fue fruto de la madre naturaleza (y del café que me suelta las tripas) y cuanto producto del miedo.

Yo leo mientras giño. Creo que en esto no soy el único. Estaba leyendo amablemente un super libro que ya os comentaré cuando lo haya acabado, si merece la pena. De repente, no sé muy bien cómo ni porqué, me vino a la nariz un sutil olor a gas. ¡Mierda!. Tenía que ir a comprobar el gas corriendo o podía inhalar más de la cuenta y morirme sentado cagando, con un mojón en el culo y un libro de ciencia ficción en las manos. Aquí apareció el miedo. El miedo a una muerte ridícula que decían otros.

Quería levantarme a comprobar lo del olor a gas, que cada vez notaba más intenso, pero esto del cagar tiene su proceso y no lo puedes abandonar, una vez empezado, así, de buenas a primeras. ¡Que situación!

Huelga decir que lo del gas eran imaginaciones mías.

Alguna vez te ha pasado seguro, o has temido que te pase. Tú ahí, sentado y empujando, con los pantalones a media asta y con cara de esforzada satisfacción, cagando amablemente cuando, sin aviso, se abre la puerta y ya está... te han pillado giñando. Vaya papelón. Se pasa mal, ¿eh? Pues ese era mi miedo, morir asfixiado con el culo lleno de mierda. Luego pensé que pasaría cuando llegase mi compañera a casa después del trabajo y me encontrase muerto en tan patéticas circunstancias. Fantaseé con los titulares de la sección de sucesos: muere asfixiado por no dejar de cagar y cerrar bien el gas.

Pero lo peor estaba aún por llegar. Mi compañera iba a entrar en casa fumando. Cosas de la vida. Y entonces ella también moriría del reventón de la bomba de gas butano y metano que se habría formado... y mis restos de asfixiado cagón quedarían, además, calcinados. ¡Pues vaya muerte poética, coño!

Lo que pasa es que asustarse de una tontería es muy fácil. Y montarse una película de estas más. Sobretodo si uno es un pelín hipocondríaco y paranóico. Que no digo que yo lo sea, aunque a veces un poco sí, como todo el mundo.

Cuando hube vaciado mis intestinos y limpiado convenientemente mi cerote, salí del baño dispuesto a comprobar que, efectivamente, el gas estaba bien cerrado y que el olor eran ilusiones mías.

Resulta que, en consecuencia, sigo vivo por tiempo indeterminado, cuanto más mejor que me está gustando esto de estar vivo, y sigo sin tener ni idea de cuando ni como voy a morir, vamos que morir me muero seguro algún día. Pero esta experiencia me ha llevado a comprender que hay muchos modos de estirar la pata y que, puestos a espicharla, mejor una muerte ridícula. Con ello te aseguras de que se seguirá hablando de ti durante una buena temporada con lo que, de algún modo, perdurarás aunque sea como una broma.

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