sábado, 08 de enero de 2005
Égloga de la TV a su tierno vástago
A ti, tele-evidente
A ti, tele-evidente,
dedico mi mantra diario,
invoco plegarias absurdas,
te entrego, te arrastro,
te ato.
A ti, tele-evidente,
que zombimente expectas
y tragas, y aceptas,
y aguantas toneladas de mierda,
te ofendo, te salvo,
te dignifico, te ataco,
te agarro con fuerza,
te esclavizo,
te ato.
A ti, tele-evidente,
dedico mi mantra diario,
invoco plegarias absurdas,
te entrego, te arrastro,
te ato.
A ti, tele-evidente,
que zombimente expectas
y tragas, y aceptas,
y aguantas toneladas de mierda,
te ofendo, te salvo,
te dignifico, te ataco,
te agarro con fuerza,
te esclavizo,
te ato.
Notas al programa:
Querido tele-evidente, soy tu televisión, me alegra hablarte al fin a la cara. No soy tu aparato receptor. Tampoco soy quién rige la programeción, ni el dueño de los canales. Soy la Televisión en absoluto, la diosa, la única deidad real en los tiempos que corren.
¿Cuándo tuvo ningún dios mi poder para obrar milagros?
Yo soy la idea misma que te esclaviza y obsesiona. Por que yo soy quien te dice como es el mundo. Por que sólo a través de mí vas a saber como es la realidad.
Así pues, querido tele-evidente, me alegra dirige a ti sin la máscara de los canales. Finalmente la ventana se cansa de ser mirada y devuelve un reflejo a quien normalmente observa.
Ahora, que por fín puedo hablarte, me quedo en blanco. Sé que gracias a mí has aprendido la vida y la muerte, la historia y los amores. Gracias a mí decidiste lo que querías ser de mayor, la colonia que usar, el coche que comprar y donde ir de vacaciones. Supiste que gel le haría mejor a tu piel y cual era la compañía de teléfonos que podía pagar más al futbolista de moda. Lloraste a la lágrima amarga con culebrones para después reír a mandíbula batiente con algún bufón gesticulante.
Y ahora, ahora que por puedo hablarte yo con mi propia voz, mi propia voz enmudece, enmudece por que quizá, en el fondo, no tengo nada que decir.

